Hoy os traigo otro escrito que preparé el curso pasado. Lo interesante de este mini relato y que os podría ayudar mucho es que tiene ciertas palabras "obligatorias". Estando en clase de psicología el año pasado, estábamos aprendiendo la teoría de las diferentes inteligencias (os recomiendo muchísimo que investiguéis sobre este tema porque a mí me encantó). Nuestra profesora nos pidió que, usando la inteligencia en la que más destacáramos, diéramos sentido a estas palabras. Personalmente, creo que mis inteligencias lingüística y interpersonal son en las que más destaco, por lo que decidí escribir una historia. Fue un ejercicio muy interesante ya que otros pintaron, utilizaron matemáticas, bailaron, o compusieron una canción. La verdad es que es algo muy curioso de realizar y os animo a probar a escribir otro relato con las siguientes palabras (podéis dejarlo en comentarios o mandármelo por correo):
CIELO - CIPRÉS - ENAMORADOS - DESCUBRIENDO - IMAGEN - TRISTEZA - FIN
Espero que disfrutéis del relato.
Bajo el cielo encapotado de El Escorial, cerca de uno de los cipreses de la Herrería, vi a una pareja caminar agarrados. Él rodeaba la cintura de la chica, de constitución delgada, con el brazo; mientras la joven apoyaba la cabeza, por la que se derramaban en cascada unos rubios tirabuzones, en el hombro de él.
Sonreí, no todos los días podía ver una escena tan bonita de un par de, lo que supuse, eran enamorados. ¡Cuán equivocado estaba!
Sin pretenderlo, comencé a seguirlos. Aunque la curiosidad me reconcomía, no era mi intención parecer un acosador. Simplemente llevábamos la misma ruta de vuelta al aparcamiento. Y mientras caminaban, al mismo ritmo y rezumando tranquilidad, fui descubriendo los resquicios de un amor dañino. Un amor que, simplemente, no es amor. Con tristeza, reparé en la fuerza de los dedos del chico, que aferraban la cintura de la muchacha casi como si fuera una posesión, aunque ella intentara mantener la máscara de una sonrisa bien colocada sobre su gesto de dolor. Me di cuenta de que los músculos de la joven, en especial los del cuello, estaban en tensión con cada movimiento de su pareja. Estaba alerta y, por más que llevara tacones, estaba muy preparada para salir corriendo si la ocasión era propicia. Me recordó a una amigo que tuve en clase, que se sentaba en el borde de la silla, con los instintos de un animal listo para huir.
La imagen de dos jóvenes con tanto futuro por delante, desgastándose el uno en el otro, me rompió el corazón. La decencia de que nada extraño sucedía a nuestro alrededor me prohibían actuar, por muchas ganas que yo tuviera de quitarles a ambos la venda de los ojos. Estaba seguro de que él era mucho más fuerte que yo y no dudaría en darme una paliza. Me aparté de ellos, apenado. No pude intervenir. No quise intervenir.
Lo más doloroso de aquella historia fue encender la televisión unas semanas más tarde cuando, como vi que se repetía con más constancia de la que me gustaría admitir, el joven de manos tan fuertes como garras había asesinado a la chica de tirabuzones rubios con cinco puñaladas en la espalda que nunca me perdoné. Y es que, al final, ¿cuántas situaciones más tendremos que ver con nuestros propios ojos para darnos cuenta de que nada se ha solucionado?








